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La razón de ser de los templos

Los signos que utilizamos cuando participamos en el rito solemne de la dedicación de una iglesia nos recuerdan la verdad más hermosa:
somos templos vivos del Espíritu Santo. Los signos son:

  1. Altar. Nos habla de la centralidad de Jesucristo en un templo. En Él tenemos acceso a Dios para glorificarlo y agradecerle, porque solo por Jesús podemos recibir del Padre toda su misericordia. El Sacerdote besa el altar porque representa a Cristo. Si es altar, se sacrifica una víctima, que es el mismo Jesús. Él mismo es la víctima que se ofrece en el altar.
    Si hablamos de víctima y altar, tenemos que hablar de Sacerdote, por lo que el Señor es, al mismo tiempo, víctima, Sacerdote y altar. Por Él damos gloria verdadera y agradable a Dios, y en Él y por Él nos viene como respuesta la santificación que Dios nos da. El altar también nos recuerda que Jesús ha muerto, pero que ha resucitado, está vivo.
  2. Íntimamente unido al altar está el ambón. Desde este lugar nos habla
    la Palabra viva de Dios, hecha carne, que es Jesucristo. Lo que la Palabra nos anuncia se realiza en el altar; lo que la Palabra nos promete se cumple en el altar; la salvación que la Palabra nos proclama la experimentamos en el altar. El ambón y el altar representan a Cristo.
  1. La sede, donde se sienta el Sacerdote, el cual convoca, predica, actúa y
    preside en persona de Cristo, aun siendo indigno, pero ungido por el Espíritu Santo en el sacramento del Orden, para hacer a Jesús vivo y presente en medio de su Iglesia.
    Por tanto, ir al templo significa encontrarnos con Jesús, vivo y presente.

Pero más allá de esto, la presencia viva y real de Jesús está en
cada bautizado. Somos el cuerpo vivo, visible y palpable de Cristo.
Es la cabeza de su pueblo.

Pensemos, entonces, en lo que somos cada uno de los bautizados. Somos
templos vivos de Dios para que la Santísima Trinidad viva en nosotros. Así
como nos gusta embellecer los templos y que sean dignos, con mayor razón
debemos embellecer el templo vivo que somos cada uno y dignificarlo, practicando las virtudes teologales, morales y humanas. Cuando las llevamos a la práctica, embellecemos y hacemos más digno el templo que somos.
Sucede lo contrario cuando nos acostumbramos a que habite en nosotros el pecado, y arruinamos el templo vivo que somos.

La primera comunidad de cristianos, como templo vivo de Dios que era, se manifestaba en obras de caridad permanente, con un interés, una preocupación y una cercanía con los que estaban sufriendo.

¿Cómo? Compartiendo sus bienes, poniendo en común lo que cada uno
tenía para que a nadie faltara lo necesario para vivir. ¡Se reunían para escuchar la Palabra de Dios y para partir el Pan, la Eucaristía! Y luego de hacer esto, se iban a sus casas a compartir la vida, en un ambiente sencillo, familiar y fraterno.
Somos, en lo personal y como comunidad, los bautizados, el templo
vivo de Dios, y tenemos que hacer brillar el Cuerpo vivo de Jesucristo.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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