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Nos prometió lo mejor, su Espíritu

El día que Jesús subió a los Cielos prometió que enviaría al Espíritu
Santo. Su presencia en este mundo concluyó ese día de la forma en que
estuvo aquí por 33 años.
Cumplió su misión y regresó al lugar que le corresponde, a la derecha del
Padre. Sin embargo, que haya partido de este mundo no significa abandono.
Su presencia ahora es diferente, pero real. Asegura el Señor que estará presente en la vida de su Iglesia hasta el final del mundo.
Por esto, los Apóstoles, cuando Jesús ascendió, regresaron a Jerusalén
llenos de gozo. La partida de su Maestro no los entristece, porque están seguros de que seguirá presente y activo en medio de ellos. Así lo entendieron y así lo experimentaron. Llegaba el momento en que debían cumplir la misión que el Señor les había encomendado.
Al prometernos al Espíritu Santo, el Señor entró al Santuario del Cielo para
estar en presencia del Padre e intercediendo siempre por nosotros. Entra a
su gloria y nos garantiza su poderosa intercesión ante el Padre para que vayamos por la vida y por la historia acompañados por su presencia amorosa y misericordiosa.

Cristo acompaña nuestra vida en las tristezas, en las alegrías.
En sus luchas, en sus dudas, en sus penas, en sus tragedias, etc.

Dos son los signos que nos garantizan su presencia. Uno es la promesa
de que enviará al Espíritu Santo, que es en este Pentecostés. Y el otro signo es la bendición de Jesús. Sube a los Cielos bendiciendo a sus Apóstoles. Bendiciendo a su Iglesia, bendiciendo para siempre a la humanidad.
Les pidió a sus discípulos que permanecieran ahí hasta que recibieran la
fuerza de lo “alto”, es decir, la fuerza y la acción del Espíritu Santo, para que cumplieran su misión, para que enfrentaran todas las adversidades, para que lucharan con la misma muerte y la vencieran, como la venció Él.
La presencia del Espíritu Santo en nosotros nos garantiza que no estamos
solos, que no estamos en el mundo abandonados a nuestra suerte, que no
estamos en la vida desamparados, que Dios subió al Cielo no para deshacerse de nosotros, sino que le pertenece estar allá, pero lleva consigo toda la pobreza de nuestra humanidad, para presentarla al Padre, y para que lo que nos prometió con su Redención se cumpla y se aplique a favor nuestro.
Por eso se levantó bendiciendo, y nos bendice ahora abundantemente y
nos da su Espíritu. Somos amados, redimidos y salvados por Él.
¿Qué sentido tiene que estemos en la celebración de la Eucaristía? En cada
Misa contamos con la certeza de que el Señor está presente por su Espíritu, y nos hace experimentarlo cada vez en su presencia en su Cuerpo, en su Palabra y en los hermanos necesitados.

Nos alentamos en la fe, nos fortalecemos en la esperanza y nos animamos a vivir nuestra vida en el amor y en la caridad.

Cristo nos da su Espíritu cada vez que nos encontramos con Él, para que
seamos en el mundo sus testigos, su presencia, para que continuemos en el
mundo su obra, para que seamos sus brazos, su boca, su amor.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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