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Somos imagen de la comunión en Dios

El misterio, la verdad sobre Dios, solo Él quiso dárnoslo a conocer.
No es una verdad que inventamos, sino la que decidió libremente y
por amor que la supiéramos.
Se revela como una comunidad de tres Personas distintas, el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo. Cada una de estas tres Personas distintas actúa en favor
de nuestra salvación, y forma un único y verdadero Dios.
El Señor eligió la dinámica para que pudiéramos entender quién es Él. El
Padre nos mandó a su Hijo, y el Hijo nos mereció al Espíritu Santo con su
muerte y resurrección, para que nos ayudara a comprender el amor que el
Padre nos tiene dándonos a su Hijo.
Éste es el misterio de Dios, tres Personas distintas que forman una unidad,
una comunidad, una familia unida íntimamente por el amor, y que se vuelca hacia nosotros manifestando toda su misericordia.
Esta realidad la podemos traducir con formas sencillas que tienen que ver
con nuestra vida. Por ejemplo, cuando fuimos bautizados en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ese día vino Dios a habitar en nosotros como en un templo, a tomar posesión de cada uno como de su propia casa. Fuimos marcarnos como sus hijos, como herederos de su gloria y destinados a pertenecer y permanecer siempre en Él.

Cuando nos persignarnos, estamos reconociendo que nuestra vida pertenece a Dios, que nuestro ser está en el mundo por la providencia y misericordia del Señor.


Reconocemos así, que nuestra vocación y nuestro destino final está en Él.
En la vida y en la muerte somos de Dios.
Cuando celebramos la Eucaristía, el sacerdote inicia en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y al final da la bendición de la misma forma.
Cuando el sacerdote va a hacer la consagración, invoca al Espíritu Santo
para que, con su poder, el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Toda nuestra vida, entonces, está marcada y envuelta en el amor infinito de las tres divinas Personas, que forman la única esencia, el único ser de Dios.

Esto tiene para nosotros muchas consecuencias prácticas, como por
ejemplo, que vivamos abiertos a los demás, que sepamos convivir con
todos, en la familia, integrarnos a ella; integrarnos a la sociedad, considerarnos parte activa de la misma; comprometernos a estar activos en
la comunidad de la Iglesia y, sobre todo, enseñarnos a vivir para los
demás, como es Dios en sí, como se comunica, como ama, en la plenitud
de vida en la que participan las tres Personas divinas entre sí, y nos la
participan a nosotros.
Por tanto, el individualismo, el egoísmo y la búsqueda de nuestro bien
sin pensar en los demás, se opone a nuestra condición de hijos de Dios, que
es tres Personas distintas, pero amándose. Toda cerrazón de nosotros hacia
el otro, impide manifestarnos como imagen fiel del Señor. Fuimos hechos
imagen de Dios familia, comunión, participación, amor y vida.
Revisemos nuestra vida, que está marcada por la presencia y la acción
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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