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Tentaciones que pueden dañar la vida sacerdotal

Jesucristo se aplicó a sí mismo lo que el profeta Isaías anunció de parte de
Dios: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para llevar la
buena nueva a los pobres…, para dar libertad a los oprimidos” (Is 61,1 ss).
Jesús es el que viene ungido con el poder del Espíritu Santo para llevar a
cabo la obra de la redención, esa tarea que trajo de Dios Padre para con nuestra humanidad, y que quiere seguir continuando a través de todos los bautizados, pero de una manera especial a través de los Sacerdotes, los que fuimos ungidos el día de nuestra Ordenación, para hacer presente a Cristo, que es el Reino de Dios entre nosotros.
Para reconocer nuestra identidad, los Sacerdotes debemos volver a la
fuente de nuestro ser cristianos y de nuestro ministerio consagrado. Esa
fuente es Cristo, que nos da la plenitud de su Espíritu para que lo encarnemos, para que lo hagamos vivo y presente, y para que esté activo siempre en el mundo a través de nuestro servicio como Presbíteros.
Reconocemos este don que recibimos inmerecidamente, y lo agradecemos; pero también debemos renovarnos por este regalo en nuestra vida; renovarnos con los criterios del Evangelio que el Papa Francisco nos
recuerda frecuentemente a todos los Sacerdotes.
Nos dice el Santo Padre que no hay pago más grande para nuestro ministerio que sabernos amigos de Cristo. No podemos esperar otro pago mayor que ser verdaderamente amigos elegidos por Él. No hay cosa más grande que experimentar la paz de su perdón, saber que el Señor nos perdona por la fragilidad, por la pobreza y por la debilidad con la que ejercemos, muchas veces, el don del sacerdocio.
No hay cosa más preciada, por otra parte, que la sangre derramada de
Cristo, sangre que los Sacerdotes no debemos despreciar con un comportamiento indigno.

Cuando nos comportamos así, devaluamos ante los ojos del pueblo de
Dios la sangre preciosa y redentora de Jesús.

Por otra parte, el Papa menciona los vicios que pueden envolver la persona
y el ministerio del presbítero.
Primero, la mundanidad. Cuando nos dejamos envolver por el mundo,
no buscamos representar a Jesucristo humilde y humillado, sino que buscamos ser reconocidos nosotros mismos.
El Sacerdote que se deja envolver por esta actitud, dice, es un pagano clericalizado.
Otra tentación que daña el ministerio sacerdotal es el eficientismo, el
pragmatismo de los números. Nos preocupa mucho el número de nuestras
actividades, y a veces en esto basamos el éxito o fracaso de nuestro quehacer sacerdotal. Se nos olvida que ante Dios no somos números, ni los fieles que están encomendados a nuestro cuidado, sino personas reconocidas y amadas, y olvidamos que el Espíritu de Dios no se
da con medida.
Y la otra tentación para el Sacerdote es el ‘profesionalismo’, es decir, nos interesa desarrollar nuestro trabajo como funcionarios.
Que no nos complique la vida ni nos exija cambiar actitudes negativas.
Que solamente cumplamos con la misión de ser Sacerdotes, y no más.
Para vencer estos tres vicios es necesario vivir nuestra vida cristiana y
nuestro ministerio sacerdotal en seguimiento de Jesús, nuestro maestro,
nuestro camino y nuestra vida.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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Un comentario

  1. Ramiro Figueroa Loza

    Completamente de acuerdo contigo Padre Obispo José Francisco: pones el dedo en la llaga. Ojalá los laicos tengamos el valor de colaborar para que esta actitud mundana, no se dé a causa de nuestra pasividad, lambisconería y complicidad muchas veces. Hagamos de nuestra calidad de profetas una conducta cotidiana.

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