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Vuelta a la página negra

Estamos ya en la celebración de la fiesta más grande de nuestra redención, que culmina con la Resurrección de Jesucristo. Dios espera
que lleguemos a la Pascua purificados, perdonados, llenos de la experiencia de su amor, e iniciando una vida nueva, que le demos vuelta a la página negra que hayamos escrito hasta este momento de nuestra mala vida. Que comencemos una página nueva, llena de paz y de luz.
Preguntémonos, en este Domingo de Ramos, cómo estamos llegando a la celebración de la fiesta pascual, ¿los mismos de siempre?, ¿los mismos que comenzaron la Cuaresma el Miércoles de Ceniza y que no hemos cambiado nada?
¿Hemos avanzado, hemos caminado, y estamos dispuestos a escuchar de
Dios su perdón en el sacramento de la Reconciliación?
Lo que realmente le interesa al Señor en este tiempo es revelar la misericordia de Dios a todos. Así lo escuchamos, por ejemplo, el domingo pasado, en el relato de la mujer que fue presentada a Jesús para apedrearla porque había sido descubierta en adulterio.
Porque, desgraciadamente, nuestra inclinación humana es no mirar el pecado propio, sino fijarnos en el defecto del otro, y absolvernos como justos, pero en el fondo sabemos que llevamos pecado.
Todos, sin excepción, somos pecadores.

Por eso, todos estamos invitados en Cristo a experimentar el perdón y la
misericordia. A todos, sin reprocharnos, aunque lo merezcamos, nos manda un mensaje de salvación, de purificación, de enmienda.
Jesús no ha venido al mundo para condenar, sino para salvar, para buscar
a la oveja perdida, a sanar a los enfermos, a hacer resurgir la vida en todos
aquellos que han muerto, esclavizados por el mal y por el pecado.
Jesús no solapa el pecado, no nos equivoquemos, ni está de acuerdo con
él, pero tampoco nos quiere condenar. Los que nos condenamos somos nosotros, a ser esclavos y a depender del mal.

No nos damos cuenta de que el pecado no es vida, no es la forma de
desarrollar la existencia, ni lleva a la felicidad y a la paz, menos a la plena
realización de la persona. El pecado no nos hacer más dignos o más libres, sino que nos somete y esclaviza.
Jesús quisiera que vivamos libres, disfrutando de nuestra nueva vida de
gracia, gozando la grandeza y hermosura de nuestra dignidad, gozando los
días en este mundo, para alcanzar la plenitud de Dios en la otra vida.
El acento de estos días está en la misericordia que el Señor está dispuesto a ejercer sobre cada uno de nosotros, independientemente del pecado que hayamos cometido.
Dios quiere perdonarnos, que experimentemos su misericordia.
Una cosa que nos libera es evitar ser jueces de los demás. Fijémonos en
lo que está pasando en algunos medios de comunicación, que son utilizados
como el espacio para ofender al otro.
Es suficiente que alguien cometa un error para que, en el anonimato de las
redes sociales y la psicología de las masas, todos lancemos la piedra que llevamos en la mano. Y a veces, parece que entre más palabras ofensivas usemos, mejor. Son palabras que destruyen.
No nos convirtamos jamás en jueces de los demás sin antes revisarnos y
convertirnos.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

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