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La Guadalupana y Don Miguel León Portilla

Pbro. Germán Orozco Mora

Sobre Nuestra Señora de Guadalupe y San Juan Diego, sus diálogos están plasmados en el Nican Mopohua, relato testimonial escrito y recogido desde 1550-56 por Juan Valeriano, sabio náhuatl-cristiano, que fue gobernador de Aztcapotzalco y de México-Tenochtitlán por más de veinte años.

Este alumno adelantado de los franciscanos en Tlaltelolco legó a las generaciones guadalupanas y a la historia universal este relato sencillo que bien pudiéramos llamar el Evangelio Guadalupano. El cual se encuentra textual y en video en redes sociales.

Gracias al Dr. en historia don Miguel León Portilla (1926-2019), sabemos que el sabio mexicano del siglo XVII don Carlos de Sigüenza y Góngora afirma haber tenido en sus manos un original del Nican Mopohua que Lorenzo Boturini copió personalmente.

A manera de papel roto y viejo, se encuentra un ejemplar del Nican Mopohua en la Biblioteca Pública de Nueva York. Consultado por el Dr. León Portilla.

Humilde y sencillo, pero reconocido y laureado por su seriedad profesionalismo e integridad en el ámbito internacional, no es poca cosa que don Miguel León Portilla rinda su reconocimiento a Tonatzin Guadalupe, armonizando ambos nombres uno del náhuatl y otro del castellano para expresarse sobre Nuestra Señora de Guadalupe en una especie, además providencial, de concordia. Del viejo culto pagano dedicado a la diosa Tonatzin (nuestra señora), simple y llanamente la Madre de Dios; deseó como hasta hoy, ser venerada en el cerro del Tepeyac, teatro de las apariciones y diálogo entre el macehual (humilde) Juan Diego y la Madre de Cristo.

Ni aparicionista ni antiaparicionista. Miguel León Portilla uno de los más grandes estudiosos de la cultura mexicana náhuatl, y en particular de la de Baja California, está convencido -y nos convence- en su obra sobre Tonatzin Guadalupe con estas afirmaciones de su autorizada investigación:

En lo que toca a los orígenes del Nican Mopohua, hemos visto, en virtud del náhuatl en que fue escrito, que debe tenerse como obra de un profundo conocedor de esa lengua (Filosofía Náhuatl, Trece Poetas Aztecas, etc.). El relato mismo muestra que su autor, cristiano sincero, estaba familiarizado con muchos aspectos del antiguo pensamiento náhuatl. Pudo asimismo poner en boca de Juan Diego palabras como éstas que aparecen en un huehuetlahtolli: “En verdad yo soy un infeliz jornalero, sólo soy como la cuerda de los cargadores, en verdad soy parihuela, sólo soy cola, soy ala, soy llevado a cuestas, soy una carga”. Y también, por estar familiarizado con el antiguo pensamiento, presentó a la noble señora refiriéndose a su hijo con estas palabras: “En verdad soy yo, su madrecita de Él, Dios verdadero, Dador de la vida, Inventor de la gente, dueño del cerca y del junto, Dueño de los cielos y de la superficie terrestre. Por su dominio del tecpilahtolli, lenguaje noble y pulido, puede afirmarse que compuso el Nican Mopohua en cualquier tiempo desde 1550 o 1560.

En concordancia con esto se hallan –como vimos- los testimonios que, acerca del autor (Antonio Valeriano), expresaron Carlos de Sigüenza y Góngora, Luis Becerra Tanco y Lorenzo Boturini. Estos sostuvieron que el bien conocido antiguo estudiante en el Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco y hombre con merecida fama de sabio, Antonio Valeriano, había sido precisamente el autor de dicho texto Más aún, Sigüenza y Góngora juró haber poseído el manuscrito original en náhuatl firmado por Valerinao. Becerra y Tanco, por su parte haberlo visto, y Boturini haberlo copiado.

Sobre los motivos que pudo tener Valeriano para escribir este relato. Vimos, por las informaciones promovidas en 1556 por el arzobispo Montufar, a raíz del sermón del franciscano Bustamante, que para entonces la ermita erigida a Tonatzin Guadalupe atraía ya a mucha gente, como antes había ocurrido allí con el templo dedicado a la Diosa Madre (Tonatzin).

El macehual, hombre del pueblo, que se describe a sí mismo como cuerda de los cargadores, parihuela, cola y ala, comprueba que existe una Madre del que está cerca y junto, el dador de la vida; ve las cosas como quien despierta de un sueño; entrevé cuál es el destino de los seres humanos; ha llegado a la Tierra florida, la de Nuestro sustento, ha hecho suyos los cantos, las flores; sabe ya, sobre todo, que la noble señora celeste es su Madrecita compasiva, es Tonatzin Guadalupe.

A don Miguel León Portilla, aventajado alumno del Padre Angel María Garibay, experto en cultura náhuatl, hay que agradecer siempre, en el caso de la Baja California, su incansable entusiasmo para que autores como el Dr. David Piñera, Carlos Lazcano, Ignacio del Río, y tantos investigadores regionales se animaran a rescatar la historia de la Península y sus Californias: la jesuítica (BCS), la dominica (BC) y la franciscana (California).

En 1997 con motivo del tricentenario de la fundación de Loreto, don Miguel León Portilla compartió una edición facsimilar de las Cartas Fundacionales del Jesuíta, Juan María Salvatierra, en la obra: Loreto Capital de las Californias y, como en el caso de Tonatzin-Guadalupe, se hace un reconocimiento a la maternidad divina y las bondades de la Madona Italiana (Madre de Italia), Nuestra Señora de Loreto.

En 1987 la UNAM  había editado Cartografía y Crónica de la Antigua California, obra fundamental para admirar la historia de la Península que cautivó desde niño a don Miguel, porque en la primaria, la profesora lo había regañado por afirmar que existía otra California aparte de la norteamericana; el historiador había estudiado en Los Angeles y la maestra desconocía que había una California mexicana: la Península, a la que Miguel León Portilla dedicó numerosas investigaciones admirables.

Acerca de David Hernandez

Lic. en Filosofía por el Seminario de Guadalajara | Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Veracruz | Especialista en temas religiosos | Social Media Manager

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